Una palabra y se deshace todo.
La bruma del alcohol invadió los confines de la razón. En un barco de recuerdos se marchó la decencia. Ningún faro a la vista.
Su mirada se perdió en un infinito de madera.
Una palabra.
Un reflejo distorsionado por las circunstancias líquidas. La tierra insistía a su hijo. El equilibrio roto, las risas enlatadas, el golpe seco.
Volaron las ganas y el círculo se estrechó. Luces rojas y azules. Neumáticos quemados.
Una.
El hilo se tensó hasta quebrarse. Mantas de leche y un goteo que no cesaba. La sombra vigilaba en una esquina de la cama.
Días hasta el veredicto. Se acabó. Ni una más.
-¿Qué vida es esa?- susurró débilmente.
-Una- sentenció el juez.
Se deshace todo.
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jueves, 28 de enero de 2016
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Heredero de la nada
Había vuelto, pero nunca se marchó realmente. Estaba
escondido, en un oscuro rincón, anhelando regresar cuando las cosas volvieran a
su habitual descontrol. Fueron años extrañamente tranquilos hasta entonces, en
los que la razón brillaba por su presencia. Todo terminó en un cerrar de ojos,
de sus ojos de mar en paz.
La vida recobraba su rutinario
absurdo. El día y la noche se confundían en los cristales de la botella verde.
Nada y todo sucedía a su alrededor. El tiempo solo corría para aquellos que
vivían, para los que pensaban poco, para los que eran felices, para los que
ignoraban mucho. La esperanza agonizaba sin morir.
Se lavaba cada cierto tiempo con sus pesares mientras el mundo descansaba de sus quehaceres
diarios. Precisamente fue excluido de los
mismos al no presentarse durante jornadas enteras sin justificación previa. El pozo se
cavaba solo.
Ya quedaba poco. Todo se apagaba en su interior mientras el
mundo proseguía su camino. Rendirse de vivir era el pensamiento recurrente.
Algo sucedió, sin embargo. Un destello, un rayo, un segundo,
un saludo en el ascensor.
Un espejismo.
Una razón.
viernes, 11 de septiembre de 2015
Hacer
Rojo. Lo único que veía. Rojo intenso, sin matices, vivido.
Sangre, en definitiva.
Al poco, el carmesí se dejó acompañar por el blanco.
Una bruma, una niebla que raptaba el horizonte.
Se limpió la frente y se levantó del suelo. El tacto sugería hierba, húmeda por el rocío. No había amanecido.
Volvió a limpiarse la cara. No paraba de brotar líquido. La herida era reciente.
-Oiga.
La voz procedía de su espalda. Mezclaba modales con frialdad.
-No corra.
Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero el cuerpo no respondía. Unos pasos se oían atrás, cada vez con más decisión. Una mano lo agarró del hombro y lo arrastró al suelo sin apenas esfuerzo.
Un ser grande como un campanario y con la constitución de un toro lo observaba impertérrito en las alturas. Fueron tres segundos de calma antes de la tempestad.
-Esto por mi hermana.
Con cuatro dedos de cada mano lo agarró del cuello. Con los dos pulgares empezó a presionar en sus ojos. El rojo y el gris dieron paso al negro. Pudo suspirar cuatro palabras antes de que su cráneo se quebrara:
-A ella le gustó.
Los pulgares del fornido abandonaron las cavidades que alojaban la vista del cadáver. Entre lágrimas, destrozó lo que le quedaba de sesera con sus puños.
domingo, 6 de septiembre de 2015
Deber
Las luces de neón del Audi deslumbraron toda la calle y a la chica que se apoyaba en la farola estropeada. Ojos de pantera buscando presa, cuerpo sinuoso como el Amazonas y piel tostada por el sol de la selva brasileña, con una gabardina roja que la protegía de la intermitente lluvia.
El deportivo paró delante de ella y apagó la iluminación. Una sombra bajó, la sombra de un hombre de constitución recia, con brazos de armador y de altura baloncestista. A dos metros de la mujer, se detuvo. La fémina habló primero:
-Cuánto tiempo.
-Sí.
-El coche...
-Lo hicieron a mi medida.
-Déjame verte.
El fornido dio un paso, de un metro. Una cicatriz surcaba su cara, desde la frente hasta la barbilla. Le faltaban unos dientes. Sin embargo, era bello, como un tigre viejo que se retira a morir.
Pero tenía 30 años.
Ella cambió su expresión por la de un gato asustado. Se intentó acercar para verle más de cerca. Él la detuvo con el brazo:
-No.
-¿Qué pasó?
-Me abandonaste.
-Yo no quería.
-Me abandonaste igualmente.
Una lágrima descorrió el rimel de la joven. Él no se inmutó.
-Por favor...
-No.
La gota se convirtió en un mar. La mujer sollozó:
-Te quiero. Siempre te he querido. Desde que éramos pequeños. Por favor...
-Me abandonaste.
La torre se resquebrajaba. Su enorme mano se apoyó en el fino hombro de ella:
-Pero eres mi hermana, así que destrozaré a ese hijo de puta.
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