miércoles, 9 de diciembre de 2015

Heredero de la nada

Había vuelto, pero nunca se marchó realmente. Estaba escondido, en un oscuro rincón, anhelando regresar cuando las cosas volvieran a su habitual descontrol. Fueron años extrañamente tranquilos hasta entonces, en los que la razón brillaba por su presencia. Todo terminó en un cerrar de ojos, de sus ojos de mar en paz.

La vida recobraba  su rutinario absurdo. El día y la noche se confundían en los cristales de la botella verde. Nada y todo sucedía a su alrededor. El tiempo solo corría para aquellos que vivían, para los que pensaban poco, para los que eran felices, para los que ignoraban mucho. La esperanza agonizaba sin morir.

Se lavaba cada cierto tiempo con sus pesares mientras el mundo descansaba de sus quehaceres diarios.  Precisamente fue excluido de los mismos al no presentarse durante jornadas enteras sin justificación previa. El pozo se cavaba solo.

Ya quedaba poco. Todo se apagaba en su interior mientras el mundo proseguía su camino. Rendirse de vivir era el pensamiento recurrente.

Algo sucedió, sin embargo. Un destello, un rayo, un segundo, un saludo en el ascensor.

Un espejismo.

Una razón.

domingo, 13 de septiembre de 2015

La inocencia de Ciudadanos

El tridente de competidores por La Moncloa se convirtió en un cuarteto. Éramos pocos y parió la abuela, encima sin nueve meses de gestación. Todo fue tan rápido que el recién llegado iba con lo puesto, con el afán de lograr la ubicuidad reservada a la Virgen María. 

Y ahí estuvo Albert Rivera durante varios meses, sin más compañía que otros tertulianos, hasta las municipales y las autonómicas de este año. Entonces se empezaron a conocer otras caras naranjas, algunas atractivas y con un fuerte discurso, otras grises que jugaban bien a ser coristas populares y alguna experimentada que se sentaba con gusto en medio de la telaraña andaluza. 

Visto el percal, las expectativas de alcanzar el poder se fueron enfriando, aspirando ya a no quedarse muy rezagados con respecto a los otros tres. Y esto se debe a que apoyar a uno u otro con el criterio de la estabilidad no da muchos réditos frente a la gente de a pie, que te terminará colocando como una rémora, el ser que vive al amparo del más grande.

Pero este inocente contendiente, que se deja llevar por sus socios puntuales, aún con una actitud exigente, podría tener un papel clave que jugar en esta partida, el de hacedor de un presidente del Gobierno en 2016. Apoyar a Mariano Rajoy sería un suicidio para Ciudadanos, por lo que no se puede descartar la envolvente riojana para situar a un gobernante limpio de presuntas corruptelas y más cercano a la generación de la nueva política. 

Esa sería la aspiración naranja a corto plazo, ser una rémora que liquida a un viejo tiburón para alimentarse de otro más joven. A largo plazo, que Albert Rivera sea eterna muleta de un PP renovado parece tan probable como un liderazgo tranquilo de Pablo Iglesias a la sombra del PSOE. 




viernes, 11 de septiembre de 2015

Hacer

Rojo. Lo único que veía. Rojo intenso, sin matices, vivido. 

Sangre, en definitiva.

Al poco, el carmesí se dejó acompañar por el blanco. 

Una bruma, una niebla que raptaba el horizonte. 

Se limpió la frente y se levantó del suelo. El tacto sugería hierba, húmeda por el rocío. No había amanecido.

Volvió a limpiarse la cara. No paraba de brotar líquido. La herida era reciente. 

-Oiga.

La voz procedía de su espalda. Mezclaba modales con frialdad.  

-No corra. 

Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero el cuerpo no respondía. Unos pasos se oían atrás, cada vez con más decisión. Una mano lo agarró del hombro y lo arrastró al suelo sin apenas esfuerzo.

Un ser grande como un campanario y con la constitución de un toro lo observaba impertérrito en las alturas. Fueron tres segundos de calma antes de la tempestad.

-Esto por mi hermana.

Con cuatro dedos de cada mano lo agarró del cuello. Con los dos pulgares empezó a presionar en sus ojos. El rojo y el gris dieron paso al negro. Pudo suspirar cuatro palabras antes de que su cráneo se quebrara:

-A ella le gustó.

Los pulgares del fornido abandonaron las cavidades que alojaban la vista del cadáver. Entre lágrimas, destrozó lo que le quedaba de sesera con sus puños.