domingo, 5 de junio de 2011

Carretera de la vida

Andando por una carretera a las 7 de la tarde en invierno. Ha anochecido prematuramente. No ves nada ni por delante ni por detrás, tan sólo lo que pisas. Luz esporádica, coches que circulan. Los que vienen de tu espalda te señalan el camino a seguir, los que conducen con destino a tu punto de partida te sorprenden cual relámpago aunque intuyas su presencia en el horizonte.

No te preguntas por qué. Por qué andar. Por qué por la carretera. Lo único que te cuestionas es cuándo. Cuándo olvidarás. Cuándo acabará todo.

No hay nadie más, solo tú...y el campo. Unas ramas rompiéndose aceleran tus pasos y los grillos actúan de coro en tu travesía hacía lo desconocido. Si no sabes lo que pasa en la carretera ¿Fuera de ella? Risas enlatadas.

Piensas en dos horas atrás. Volviste a verla cuando ya dejó de ser motivo de tus suspiros. Fue más amable en 30 segundos de saludo que en 8 años de vecindad. ¿Por qué vuestros caminos volvieron a cruzarse cuando tanto te alejaste del contacto visual con ella?

Otra vez los ojos de sirena que te llevaron a las piedras del autoengaño. Maldita la sonrisa enseñando todos los dientes al mundo. Que dejara de tocarse el pelo y de provocarte inconscientemente. ¿Te miró a ti al darse la vuelta?  Tu corazón ha retornado de su exilio.

Convidado en piedra, un brazo enemigo rodeaba la cintura deseada. "Cariño", oíste de los labios que jamás te pertenecieron. Un beso. Odias ser carne y no acero.

Ahora tus pies no pueden más. ¿Son eso callos de haber caminado 7 kilómetros sin parar? El cartel demuestra que estás loco. Lo que te vuelve a bombear tras un largo letargo te recuerda que no puedes huir. Qué quieres que te diga, Dios es vengativo y ni siquiera un pecador autoimpuesto puede escapar a la conciencia de su propio ser. Duro sí, injusto por supuesto.

jueves, 2 de junio de 2011

Recuerdos de Sudáfrica

Lo he intentado mil veces. Me he puesto delante del ordenador, he empezado a teclear, he visto el primer párrafo y directamente lo he borrado. Creo que nunca podré hacer justicia por escrito a lo que presencié aquella noche. Porque no sólo fue el partido, fue el estar en la otra punta del mundo, el ver a gente de tantos lugares y el presenciar uno de los grandes espectáculos del mundo contemporáneo. 

Las personas esperando a que abrieran las puertas, con todas las pancartas y sus atuendos. El primer "guau" al ver el estadio por fuera y el segundo al verlo por dentro. La ceremonia inaugural, con sus luces rojas y luces señalando en todas direcciones. Shakira en directo, con 90000 personas bailando el Waka Waka al unísono. Mandela en un coche por el césped. El himno de Holanda, coreado por la aplastante mayoría holandesa. El de España, tarareado incluso por los sudafricanos. La pelota en juego. Los gritos ascendentes de "Holland, Holland" cada vez que necesitaban apoyo los naranjas. Las paradas milagrosas de Casillas y Stekelemburg. El pitido final que indicaba la prórroga. La tensión muda de todo el estadio. Y el gol de Iniesta, ese que todavía guardó en mi retina a muy buen recaudo. 

Aquel fue el gol de una nación, que de una manera o otra jugaba en el Soccer City. Todos estábamos en la piel de Iniesta en aquel minuto 116. Todos recibimos el pase de Cesc tras esa jugada trastabillada. Y todos tiramos con hasta la última de nuestras fuerzas. 

España necesitaba una alegría, un orgullo, un Mundial del deporte más medíatico del país y aquella noche lo tuvimos. Yo fui testigo. 


















miércoles, 1 de junio de 2011

Némesis

Este mundo es tan maravilloso que necesitamos a alguien que nos lo tambalee de vez en cuando. No es esa persona especial con la que caminamos de la mano (por no decir algo más censurable...) Más obligatorio que eso en esta vida es un rival.

Sí, señores, un rival al que respetemos y temamos a partes iguales. Un ser con el que competimos en todo, sin excepciones. Nuestra relación con él se basa en la batalla rutinaria. Nuestras derrotas son objeto de befa y mofa por su parte, pero nuestras victorias...¡Oh, nuestras victorias! ¡Recordadas por siempre jamás!

Cada vez que nos vemos frente a frente, una bola de pelo recorre el espacio que nos separa. El mundo se para para ver otro duelo al sol. Quien desenfunda más rápido, gana. No importa el arma, todo vale en esta interminable guerra. 

La Historia me da la razón. Pompeyo y Julio César, Carlos V y Francisco I, Hitler y Churchill, Nadal y Federer, Madrid y Barcelona, Internet y Mozilla Firefox... Nos alegramos cuando cae y nos guardamos de errar, ya que él estará allí con el dedo acusador para dejarnos en evidencia. Desde una perspectiva negativa, nos hunde en los malos momentos. Siendo positivos, saca lo mejor de nosotros, nos hace competitivos.

Y en el fondo, sabemos que sin ellos todo tendría menos gracia. Jugamos al ajedrez con un paleto y perderemos desganados, competimos contra él y hasta nuestra última neurona se centraría en conseguir el jaque mate. 

¿Somos enemigos? Sí, pero ninguno de mis amigos conoce tanto mis fortalezas y mis debilidades como él.