Me lo paso bien jugando al fútbol. Disfruto con el tenis. Pero el baloncesto lo vivo.
No es un juego de manos, es una danza tan precisa como el ballet. No es esencialmente un juego en equipo, porque al tirar solo dependes de ti mismo. Colocar bien los brazos, apuntar a la canasta, sentir el balón en tu palma y disparar. Si la escupe el aro o ni lo toca, rabia, furia, correr hasta el rebote. Si toca las redes, gloria, felicidad, satisfacción, victoria.
A la gran mayoría de las personas no les gusta, les resulta un aburrimiento. No saben valorar el arte en movimiento y el prodigio físico de sus jugadores. Quien no se ha levantado de su silla al ver el último mate del rey Lebron o abierto la boca con el tercer triple que mete seguido nuestro Juan Carlos Navarro en un partido cualquiera. Por momentos no parecen hombres, más bien titanes que luchan por el Olimpo del triunfo en un partido cualquiera.
Y tras verlos, quieres imitarlos. Intentas el mágico skyhook de Adbul-Jabbar y el balón rebota con fuerza en el tablero para no entrar. Emulas uno de los pases por la espalda de Jason "Chocolate Blanco" Williams y la gracia le saca dos dientes a tus compañeros. Te crees Larry Bird desde la línea de tres y el lanzamiento pasa de largo.
Juegas día tras día, mes tras mes, año tras año. Con tus ídolos de la NBA y de la ACB dándote nuevas ideas para la próxima pachanga contra tus amigos. Perderías la esperanza de tanto ensayo y error, pero un día te entra el primer ganchito. Sigues ahí, tu ilusión esconde tus limitaciones físicas. Saltas más alto, eres más rápido y te notas más fuer. Ya no es el polideportivo, es el Staples Center o el Madison Square Garden. Ya no es ganador o perdedor, es con anillo o sin anillo. Ya no es la realidad, es tu sueño. ¿Y es que un sueño no está para ser un día vivido?
miércoles, 25 de mayo de 2011
¿Ataque o defensa?
Lluvia en la plaza empedrada. Miles de paraguas alzados. El hombre en el estrado blanco. Traje gris y corbata roja. Él prometiendo el cambio y la prosperidad en voz baja, el microfóno enganchado al bolsillo de su chaqueta amplificando el mensaje. Aplausos rabiosos en cada ademán furioso, silbidos ensordecedores en cada palabra soñadora.
El salvaje veía el acto desde un banco a cien metros de la masa. No entendía nada. Quién era esa hombre, qué decía y por qué la gente le aplaudía. No era ninguno de los sacerdotes, ni un guerrero con cicatrices. Era un hombre vestido como los invasores, aquellos que desalojaron pueblos, sacaron líquido negro de debajo de la tierra y después dieron a los lugareños papeles con caras dibujadas. Hacía tiempo que buscaba el salvaje a uno de ellos, quería ver sus maldades antes de clavar el cuchillo afilado de su mano en uno de ellos.
Se comparaba con él. Ese invasor tenía una sonrisa blanca y limpia, mientras que a él le faltaban algunos dientes delanteros. La ropa de ese hombre resaltaba más por la camisa azul marino que llevaba. El salvaje apenas tenía media túnica, verde oscura, que le cubría la mitad del torso y hasta un poco más abajo de las rodillas. En el pecho del hombre un pañuelo, en la del salvaje un nudo gordo que ataba ambas puntas de la manta que le vestía.
Tenían cosas en común. El moreno. Ambos debían ser de la misma zona de costa. Solo por allí el Sol teñía la piel de sus habitantes con un color marrón como el pelaje del conejo silvestre También la nariz, con la misma forma de gancho. La boca, con labios resecos de ver agua solo en caso de extrema necesidad. ¿Hermanos?
Hermanos bastardos.
El hombre bajaba por la escalinata dando la mano al público agolpado al estrado con efusividad fingida. El salvaje supo que había llegado la hora. Corrió hacia la muchedumbre. El puñal que llevaba en la mano alertó a varios, pero permanecieron impasibles por verle como una muestra de un mundo pasado, inexistente. Él apartaba con su izquierda a las personas deseosas de tocar al hombre. Su derecha lista para ensartarle. Ya olía el aroma del hombre, embriagador y seductor. Pecaminoso, pensó el nativo.
Finalmente, el hombre frente al salvaje. El hombre se llevó los dedos a la nariz. El salvaje olía a estiércol vacuno. Sin embargo, extendió la mano diestra y sus dientes relucientes. El salvaje extendió su mano derecha. No tocó la de su hermano. La hundió hasta el corazón.
Nadie se daba cuenta. Todos seguían vitoreando al hombre, que ahora miraba su pecho todavía poco ensangrentado. El salvaje conectó sus ojos con el del hombre herido. Soberbia y orgullo. No podía soportarlo. Apartó la vista. El cuchillo seguía quitando vida.
Cayó el hombre de rodillas. El salvaje retiró el arma blanca bañada de carmesí. Alguien del público señaló con el dedo la escena. Un segundo de silencio enlazó con el pánico y el horror. La cabeza del hombre tocó el suelo. Del corazón, brotaba un oceáno rojo.
El salvaje se iba del lugar de la justicia y del crimen. Muchos le reconocían como el asesino, pero les asustaba su gesto sosegado. No tenía miedo. La sangre del hombre había vengado la ofensa extranjera al pueblo. Solo Dios sabía si también la traición nativa a sus raíces.
sábado, 7 de mayo de 2011
La fruta con nombre de pájaro
Mi mano, al rozar el kiwi, siente cosquilleos. Si cerrara los ojos y lo acariciaras sin saber qué es, me creería que mis dedos están bailando sobre un bosque de pocos pelillos que hunden sus raíces en un terreno yermo y frío. Lo aprieto y puedo notar lo cambiante de su forma con una mínima fuerza. Cede sin explotar a la presión de mi pulgar y, cuando lo retiro, el original tarda en reponerse de la huella de mi dedo más rechoncho.
Me fijo en su color marrón, con un brillo especial por su híbrido entre metal manejable y fruta. Su forma es la de cilindro con una base parecida a la barriga de una embarazada y una cumbre que antes fue unión con su árbol.
¿Aburrido? Debemos cortarla para ver belleza. El olor interior es de desayuno sano a la par que vomitivo y de que una mezcla con yogur es más deseable. No podemos comparar ese olor con otro, pero sin embargo el olfato nos sitúa en diversos escenarios sensoriales cada vez nuestra nariz lo detecta en el ambiente.
Verde su esencia y negras las pepitas que rodean su núcleo claro. Cada pepita forma un surco corto y hay que tener en cuenta que ninguna parte del núcleo es libre de un pepita negra a su alrededor. Su núcleo no cede ante mi índice, es evidente que es el “hueso” del fruto. Blanquecino y sin ser perfecto morfológicamente hablando, el “hueso” solo es uno cuando el kiwi no ha sido cortado, pero no se puede mirar si no es cortándolo. Dividir para profundizar.
Es un sabor extraño sin duda. Cualquier otra fruta cae en la monotonía, mientras que el kiwi siempre sorprende. También es contradictorio, ya que pasa de dulce a ácido en el tiempo que masticas una vez. Si te detienes en su gusto distingues algunas pepitas que tragas sin preocuparte apenas de su existencia. Debes recordar que, aunque una pepita desaparezca, la otra de su misma rajada ocupará su futura labor de que el kiwi cruja levemente cuando tus dientes decidan trabajar.
Devoras con paciencia y el ácido va ganando peso frente a lo dulce. No es negativa esta sensación. En el kiwi, que este sabor venga de la mano con su estado líquido lo hace pasar por un chupito servido en un local de noche.
El kiwi no es solo una fruta. Es un pájaro con origen en Australia cuyo pico alargado y que no pueda volar le hace un animal muy especial. Ídem con la fruta. Peluda y rechoncha por fuera, verde y con fluídos incluidos en caso de apretar más de la cuenta, el kiwi te golpea a la vez que te acoge en el más extraño y jugoso mundo que te puedas imaginar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


